Hay un dato que, cuando lo ves en el gráfico por primera vez, te detiene. En la curva de viajes del subte de Buenos Aires entre 2018 y 2025, el desplome de 2020 es tan abrupto, tan vertical, que parece un error. No lo es. En los peores meses del ASPO —el aislamiento social preventivo y obligatorio— el subte operó al 10% de su capacidad histórica. Uno de cada diez viajes habituales.
Eso era esperable. Lo que no lo era tanto es lo que siguió.
El rebote que nunca fue completo
Los modelos de recuperación de transporte post-crisis asumen que la demanda vuelve a los niveles previos en dos o tres años. En Buenos Aires, no ocurrió. El subte rebotó desde el piso de 2020, sí. Pero la recuperación se fue estancando progresivamente lejos de la línea de base de 2019.
"2019 se convirtió en la vara inalcanzable. El subte post-pandemia es un sistema estructuralmente diferente al de antes — no porque cambió la infraestructura, sino porque cambió quién lo usa y para qué."
¿Por qué no rebotó hasta 2019?
La respuesta tiene tres capas. La primera es el teletrabajo: una parte de los viajeros habituales dejó de ir a la oficina todos los días y, aunque el servicio volvió a la normalidad, esos viajes no volvieron con él.
La segunda es el cambio de hábitos: durante la pandemia, muchos porteños redescubrieron la bicicleta, el colectivo, el trabajo desde el barrio. Algunos de esos hábitos se quedaron.
La tercera, y quizás la más subestimada, es la crisis económica sostenida: la Argentina post-pandemia no fue un país que se recuperó rápidamente. Las sucesivas crisis económicas, con su impacto en el poder adquisitivo, redujeron la capacidad de muchos usuarios de costear viajes diarios en un transporte que, además, aumentó de precio de manera sostenida.